martes, 27 de agosto de 2024

Somos ficción

A continuación dejo salir cada una de las ideas que dieron lugar a este ensayo: en primer lugar, parto del fuego; una llama que observé durante una noche de fogata con un grupo de biólogos. Aquella llama no paraba de bailar, se movía al compás de un jazz que sólo ella conocía. Me pareció muy interesante que, aunque yo pudiese afirmar que se trataba de la misma llamarada, la misma fogata, nunca fue la misma; siempre cambiante. Como yo, tú, y cualquiera que me lea. Cambiamos, aparentando ser los mismos. Imposible. 

En segundo lugar, este texto surge de la metareflexión que me produjo una lectura: “filosofía en 11 frases” me comí la primera «nadie puede bañarse dos veces en el mismo río» y el resto es esto. Algo que no deja de darme vueltas en la cabeza, como la misma llama, no deja de bailar. No descansa. Como el cambio: incesante, permanente… ahí está el problema. Si acaso permanece el cambio como constante entonces ¿a qué cambia el cambio? Dario (el autor) responde que al no cambio. Entonces, ¿la llama es o no la misma? ¿Y yo? Pues ambos son y no son ¿entonces? Complicado, lo sé. Trato de explicarme, si acaso nosotros, al igual que la llama, estamos condenados al cambio, a ese baile incesante que es la vida; entonces en definitiva no somos siquiera los mismos que iniciamos escribiendo —en mi caso— y leyendo —en el tuyo— este texto. Cambiamos.

Oye, pero estoy aquí, todavía sentado, tecleando cada letra para formar mis palabras, tal y como comencé haciéndolo. Lo sé. También tú que me lees puedes creer lo mismo. Sin embargo, estamos fingiendo. 

¿Qué? Así es. Nos hacemos y queremos hacer creer que seguimos siendo nosotros. Es más, muy comúnmente se escuchan frases del tipo: “nunca cambies” “sigues siendo el mismo”, etc. pues no son más que eso, ficciones. Como nosotros. Como nuestro entorno. Como nuestra realidad. Ficciones.

Pienso en este momento en el concepto del tiempo. Una suerte de aritmética lo bastante convincente como para hacernos creer que existe. Visto desde afuera, es absurdo. Tan sólo por decir algo, en el espacio no existe el tiempo. Por tanto, el tiempo no es más que una construcción, una convención, en suma, una ficción. 

Vaya… ni yo esperaba eso. Retomo lo que decía, empecé escribiendo algo que se convirtió en otra cosa, cambió. Cambio. 

Alguna vez dije que el Teatro es la vida (véase ensayo “¿Qué es el teatro?”). Recuerdo que mientras estaba escribiéndolo me puse a pensar que entonces lo más próximo a la realidad era la ficción; en la medida que esta representaba lo que “afuera” acontecía. Pero, ahora, creo que lo más real es la ficción, que por definición no puede ser real.

A pesar de todo esto, no me creas a mí, es más, no le creas a nadie. Yo no creo en nada (doble negación) y aun así aquí estoy escribiendo acerca de esto. Espero pronto continuar esta reflexión, pues quiero afinar mi percepción. Gracias por leerme. 

cacf 

lunes, 26 de agosto de 2024

Derecho difícil o difícil Derecho

¿El Derecho es difícil? No y sí. Depende ¿de qué? Primero, de qué entendemos por Derecho; luego, acerca de lo que entendemos por difícil. Aun así, seguiría dependiendo del contexto ¡qué complicado! Exactamente, prefiero reconocer al Derecho como un fenómeno complejo. 

Desde mi posición no creo que el Derecho deba ser difícil, yo apuesto por migrar a un Derecho cada vez más sencillo y claro. Por supuesto, sin desatender el reconocimiento de su complejidad. Pero es que asumirlo como algo difícil, de principio, limita el interés por el mismo; dejándolo en manos de los abogados. De hecho, el Derecho es algo tan complejo como para dejarlo en manos de abogados…

Regreso. El Derecho cansa, se vuelve difícil, agotador, exasperante y hasta frustrante. En algún momento dije, el Derecho duele. Sin embargo, somos nosotros quienes en realidad complejizamos el fenómeno jurídico al grado de volverlo sumamente difícil

¿Contradictorio? No. Ahora lo supero: el Derecho puede y debe complejizarse. Lo difícil es, por definición, algo que requiere cierto grado de pericia para manejarse; algo que es poco probable; o lo que no se hace con facilidad (recurriendo a su etimología). De acuerdo. Vivimos un Derecho que en sí mismo es complejo (o difícil) pues por principio de cuentas, nosotros somos seres complejos (o difíciles), y si nosotros somos quienes creamos el Derecho, su resultado, como respuesta a la propia dinámica social es algo complejo, complicado, difícil. Pero, porque digo que también nosotros lo complejizamos, bueno, pasa que dependiendo la postura que asumimos frente al Derecho, el mismo puede o complicarse o también simplificarse.

Pensemos, por ejemplo, que alguien asume que el Derecho es (sólo) un conjunto de normas imperativas y atributivas; estáticas, frías. Pues bien, esa persona supongamos que es un juez; a este personaje le corresponde resolver un caso en donde un matrimonio homosexual decide adoptar a una infancia. Han cumplido todos los requisitos administrativos de su Entidad, pero, en la misma no se reconoce a la familias homosexuales, es más, ni siquiera reconocen el matrimonio igualitario —por supuesto que se trata de un ejemplo previo al pronunciamiento de la SCJN— ¿qué debería hacer nuestro juez? Bien podría, limitar su actuación a lo que su juicio le dicta: obedecer la ley, cumplirla, aplicándola. Niega la adopción. 

Precisamente, la descripción que acabas de leer constata 2 puntos importantes: primero, la sola narrativa expone lo difícil que se vuelve el Derecho (entendido como instrumento de resolución de conflictos sociales) para dar respuesta al ejercicio de derechos que se practican, tanto por el matrimonio y, en especial, la infancia próxima a ser adoptada (en este caso). 

Lo segundo es que, precisamente lo que se supone que tendría que ser un proceso, eficiente, efectivo, eficaz y sobretodo respetuoso de los derechos humanos, se torna en un entramado burocrático donde lo que más importa es cumplir con las formalidades. Dejando de lado lo que pueda —y debería— importarle al Estado acerca del niño o niña de este “ficticio” ejemplo; así como los derechos del matrimonio, etc.

Sobrarían los casos que, como este, patentan lo complicado que volvemos el ejercicio del Derecho. Pero ojo, no sólo es un defecto de los operadores del sistema judicial, o los legisladores, ni siquiera lo es en exclusiva del trabajador que negó el proceso de adopción y que orilló al matrimonio a recurrir al aparato jurisdiccional. Pues aún podríamos seguir escribiendo respecto a las siguientes instancias. No. Esto es algo de lo que cada uno forma parte del problema y al mismo tiempo, paradójicamente, de la solución. 

La invitación, por tanto, es a que nos detengamos un momento a pensar en nuestro Derecho actual ¿nos gusta así como está? ¿Podemos hacer algo al respecto? ¿Qué? Dejó abiertas las preguntas para que cada quien las responda como le plazca. Sin dejar de decir qué tal y cómo es actualmente el Derecho, es producto de nuestra sociedad y ahora, es también nuestra sociedad actual, la que cuenta con la capacidad de crear el Derecho que queramos, merecemos y esperamos. Uno que quizás no se vuelva tan difícil…

Por mi parte, seguiré escribiendo, pensando y reflexionando. En especial, seguiré creando el Derecho que más me gusta: uno bello, artístico y hasta cómico. Al final, cada uno vive el Derecho a su manera. 

Lo cierto aquí es que, en cada una de las experiencias, independientemente de su origen y contexto, podemos encontrar que, compartimos algo más que sólo el tiempo y el espacio. Compartimos el Derecho, es algo así como un lugar común en la historia de la sociedad. Es nuestro Derecho porque no es de nadie. 

sábado, 24 de agosto de 2024

Entre el Ser y no ser

Aquí vamos de nuevo. De nuevo, ¿qué hay de nuevo? ¿Qué es lo nuevo? Lo que recién aparece por vez primera. Aquello que no era pero ahora ya es. Entonces, no soy. Para poder ser. De nuevo: soy lo que no soy porque aun no soy lo que soy. Posibilidad. 

Hoy tomé una clase de argumentación; lo plantearon como un taller (teórico y práctico, decía el cartel). Durante la sesión, tuve oportunidad de contrastar mis ideas; de hecho estaba de acuerdo con la mayoría de los —para valerme del ejercicio— argumentos del ponente. De hecho, tal fue mi coincidencia, que justamente por eso me atreví a cuestionar las ideas/argumentos (indiscriminadamente pues en realidad eso parecían) que se ofrecieron en clase. 

La posibilidad fue uno de los puntos que quise acentuar, es algo que recién comienzo a asimilar en mi sistema de pensamiento, intentando vencer (o ignorar, si es posible) el binarismo platónico que margina el razonamiento entre el ser y el no ser. Y es que para que algo sea posible, precisamente tiene que no ser. Como yo. Que quiero dejar de ser para poder ser de nuevo. De nuevo…

Creo que no es posible esperar menos de una sesión dirigida por un filósofo, inevitablemente había que preguntar, que cuestionar y poner en duda cada una de las proposiciones en oferta. De qué otra forma podría imaginarse la experiencia filosófica sino más que a través de la constante pregunta por el por qué ¿Por qué? Porque siempre permite abrir una nueva pregunta ¿por qué? Porque no busca una respuesta sino un cuestionamiento ¿por qué? Porque es como puede conocerse, desconociendo ¿por qué? Porque para conocer, primero hay que desconocer; tanto como para ser, hay que no ser primero. Dejar de ser. 

viernes, 23 de agosto de 2024

Leer y escribir.

Justo acabo de regresar de preparar una taza de café, supongo que fue la manera en que decidí por sentarme de nuevo frente a esta pagina en blanco. Me emociona, aunque no sepa bien qué emoción me invade, quizá es porque son más de una de ellas las que me asaltan, me arrebatan a la anterior y me presentan a la siguiente. Me quitan y me ponen, me ponen y me quitan; tal y como lo hago con cada una de estas palabras (que hacen lo mismo conmigo) y que no son más que el reflejo de mis ideas, de quien soy. Aunque en el fondo no sea nada porque no hay fondo y tampoco necesidad de sentido.

 Mientras leo, suelo despojarme de mi yo aún cuando no pueda, o no crea. Pues creo que no creo, no creo en nada. Marco distancia de quien ahora escribe aún cuando, al regresar a leerme, pareciera que nuevamente ya no soy yo al que estoy leyendo y como leo, dejo de ser yo.

Revisé las entradas que había hecho con anterioridad, me detuve en aquella que quiero compartir a la nueva generación de juristas que volverán a compartir conmigo y yo con ellos, lo que no sabemos y lo que creemos saber; lo que nos han hecho creer que debe o puede saberse, así como lo que es inalcanzable a nuestra comprensión humana. Entrada que titulé: el Derecho es práctica y no constructo.

Ahora afirmó que son ambos y ninguno. El Derecho es chiste. Juego. Magia. Palabra. Símbolo. Argumento. Lenguaje. Es lo que somos, lenguaje. Y el lenguaje, por excelencia, cambia.

Acabo de terminar de leer una reflexión sobre una de las frases que atribuimos al llamado filósofo del cambio, Heráclito: “nadie puede bañarse dos veces en el mismo río”. Por lo que al momento de toparme de frente con lo que se supone era mi voz de hace unos meses, me doy cuenta que aquel que escribió (la entrada seleccionada) no es más que un extraño. Ha cambiado. Yo he cambiado. Así como también han cambiado mis ideas. Ahora más que antes afirmo no sólo el cambio sino la condición cambiante del no ser. 

Precisamente porque a los nuevos juristas que me refiero no son lo que serán sino hasta cuándo asuman que dejarán de ser lo que ahora (creen que) son. No porque haya una extraordinaria metamorfosis o algo exclusivo en el proceso de volverse jurista, no. Más bien se apareja al cambio como constante. Al proceso, precisamente el proceso de formación (que no acaba, cambia). A ese proceso que en buena medida se parece al de vivir. Vivir implica cambio. Vivir es vivir el Derecho. Por tanto el Derecho también es cambio. Cambia. Cambiamos. Cambiemos el Derecho.

Me emociona que pronto comenzará un curso al que hemos denominado: club de vivencia jurídica. De nuevo la palabra emoción. De nuevo. Como volviendo a empezar, pero sin partir del principio ¿hay principio? ¿Y fin? 

cacf 

miércoles, 24 de abril de 2024

Dos caras, una moneda

Hace unas noches compartí fuego con unos biólogos

Reconocer mi ignorancia me coloca en la posibilidad de explorar y curiosear, de aprender ¿Qué es eso? Aprender implica recordar, fijar en la memoria, no necesariamente memorizar. Aprender necesita reflexionar: el estudio (la teoría) y la experiencia (práctica)

Pasa que la teoría y la práctica están unidas, pegadas, inseparables. No hay una sin la otra. Otra sin la una. Como dos caras de la misma moneda ¿la única? No. Por supuesto que hay otras. Caras y monedas. 


Entonces ¿por qué existe tanta resistencia? ¿La teoría se resiste o nos resistimos a la teoría? Hay práctica; dijeron los biólogos. Pero no hay práctica sin teoría. Ellos también teorizan, mientras y a partir de su práctica. Espero…


Es interesante observar cómo piensan, pregunté: ¿de qué manera conocen a la  biología? ¿Cómo son sus clases? ¿Qué lee un biólogo? ¿Cuáles son sus sistemas de pensamiento, de razonamiento? ¿Uno nomás o varios? Dudo. Pero creo que es instrumentalista o performativo (en términos del lenguaje).


Utilizo la metáfora de la moneda porque cumple para mí un doble propósito (quizá múltiple). Por un lado, me permite reivindicar una imagen que se tiene, por así decirlo, viciada en el mundo del Derecho —del occidental y la tradición germana— ¡Gracias Kelsen! ¿Gracias?

Por otro lado (la otra cara —pero de otra moneda—) consiste en reconocer precisamente eso: la multiplicidad de monedas que hay. Vaya… es evidente que en el mundo no hay sólo una moneda. 


Monedas, por tanto, créditos. De esos que no se gastan pero se invierten. O no. Quizá sí se gastan (se acaban). Tal vez es sólo El Capital aquel que me orilla a pensar en esto (monedas, gastos, inversiones). 


De una u otra cara, la moneda de este ensayo es la misma. Esta es la moneda teórico-práctica; práctica-teórica. Moneda. Una. Ninguna. Dos (caras) una (s) moneda (s).


cacf 

domingo, 21 de abril de 2024

¿Qué es el Teatro?

El Teatro es la existencia.

Aunque quizá lo que piense ahora dejará de ser lo que crea mañana. No hay verdad. Hay juego. El Teatro es juego, juego en serio. Sueño, diría Calderón.

Asumo que, como persona, soy personaje, máscara. De hecho, comparten el étimo; desde su nacimiento han estado ligados más que como gemelos, diría que como siameses. Por tanto, ser persona es ser actor y ser actor es ser persona.

Actuamos; casi todo el tiempo, tal vez todo si considero la muerte, pero aún no estoy muerto. Actúo. Lo hago desde que estoy vivo; desde que tengo memoria. Se actúa en casa, la escuela, la oficina, en el parque, el Teatro y la vida. Actuamos.

¿Dirigimos? Sí y no. A veces se nos dirige; otras, nos dejamos dirigir; también en el contexto teatral convenimos en la necesidad de directores. Me pregunto: ¿son necesarios? ¿Necesitamos dirigir nuestras vidas, nuestras acciones? ¿Pueden dirigirse? No lo sé. Actúo. Acciono. Vivo.

Jugar en el Teatro de la vida implica asumirnos actores, directores, espectadores y autores de nuestros dramas y comedias. Cambiar de máscara. Actuar. Jugar. Reír. Soñar. Teatrar.

Al artista se le reconoce. Siempre en función de su arte. Es el arte del actor lo que puede volverlo artista. Siempre desde el exterior. Los grandes artistas no se reconocen a sí mismos como tales. Pero ¿qué es el arte? ¿Actos creativos? ¿Creación? ¿Estéticas? ¿Acciones? No sé. Actúo. Vivo. Hago. Soy. Teatro. 

cacf 

miércoles, 17 de abril de 2024

De un Derecho necio a uno sin permiso

Contrario al acuerdo común. No creo que por los derechos se luche, al menos no en función de la guerra; se lucha todos los días, se conquistan en función de la sociedad, de la argumentación. Se reconocen. 

Durante muchos años la postura imperante en el ámbito jurídico atendió su aspecto formal y normativo. La tradición jurídica era —y penosamente sigue siendo— positivista. Cierto que, surgió como reacción el realismo jurídico. Pero no era más que otro enfoque del positivismo. Esto nos colocó en una situación compleja, inmóvil, inerte.


El resultado de genocidios mundiales trajo consigo una nueva visión del Derecho. Las Reglas cambiaron. Aparecieron los Principios. Los Valores. 


Entonces ¿por qué un Derecho necio? Precisamente porque la atención estaba ubicada en aspectos de forma y no de fondo (contenido). Porque era más importante cumplir con cada uno de los pasos previstos —en la ley— en aras de certeza, antes que en visualizar y justificar el componente axiológico del proyecto e incluso de la misma ley. Por tanto, el Derecho se hizo necio: habría de hacerse lo que la ley dijera sin importar tanto qué estaba diciendo; “la ley es dura pero es la ley”.


Para superar el problema que podría representar afirmar que existe un contenido moral (axiológico) en las leyes; basta decir que cada persona o personas —incluyendo por supuesto a los legisladores— se desenvuelven a partir de un determinado sistema de valores, de muy distinta procedencia: cultural, religioso, político (partidista), social, familiar; en suma, contextual, y en consecuencia temporal y espacial. Por lo que dicho sistema o sistemas de valores cambian constantemente. Pero no desaparecen, ni mucho menos en razón de la supuesta pureza del Derecho; la objetividad propia de la  “ciencia jurídica”. Yendo más allá: cada palabra —asumiendo que somos lenguaje— contiene una carga valorativa; nuestro nombre particular posee en sí mismo un juicio de valor. La memoria se ocupa de determinar dicha carga.


Volviendo al punto titular de este ensayo sostengo que, un Derecho sin permiso es aquel que parte del Postpositivismo o del No Positivismo Incluyente. En el modelo de Estado Constitucional de Derecho (fuerte) no es necesario “pedir permiso” para ejercer un derecho. Se reconoce la ética como piedra angular de la producción, interpretación y aplicación del Derecho: a partir del discurso de Derechos Humanos y sus máximas; el Bloque Constitucional; los Principios y Valores jurídicos contemporáneos.


En consecuencia, el derecho no se exige, sencillamente se reconoce. Se asume y con el paso del tiempo (y la práctica/experiencia) se intuye.


Un Derecho sin permiso es aquel que nos corresponde como sociedad actual, una sociedad que se construyó a partir de sangre y guerras pero también de acuerdos y diálogo. Hoy, por eso, hay que apostar más que nunca a estas últimas herramientas, reconocer el poder de la palabra, del lenguaje. Somos seres del lenguaje. Capaces de convenir y superar nuestros problemas y/o diferencias mediante actos dialécticos; de argumentos o entramados argumentativos: como es el caso del Derecho.

cacf 

Cuando el Tribunal te sienta, el Derecho te levanta

Reflexiones de un abogado en pausa obligada Cada vez más cerca está el final de la semana. Esta noche de viernes no sabe igual a las demás. ...